El día que la tecnología transformó el mercado de drogas
El narcotráfico llevaba cincuenta años funcionando igual. Entonces llegó Internet: anonimato, comunicación cifrada y un nuevo sistema de pagos cambiaron las reglas.
· Tecnología y sociedad
El narcotráfico llevaba 50 años funcionando igual. Entonces llegó Internet.
Durante décadas, el consumidor de a pie debía someterse a unas reglas para comprar drogas ilegales: conocer a alguien o conocer a alguien que conoce a alguien, desplazarse hasta un sitio, esperar (para los dealers, la tradición implica cierto retraso) y confiar en que no surgieran contratiempos en el intercambio de bienes por dinero. En el año 2011, y gracias a Internet, todo empezó a transformarse.
Internet cambió las reglas del comercio
En el siglo XX, comprar entradas para el estreno de una película o un partido de fútbol implicaba hacer una cola cuya longitud era proporcional a la importancia del evento. En aquel tiempo existían enormes tiendas especializadas en libros o discos donde los clientes pasaban horas rebuscando entre montañas de productos en busca de su tesoro. La información escrita se difundía a través del papel. Para enterarte de las noticias del día anterior había que comprar un periódico, un montón de enormes hojas, difíciles de manejar y con tendencia a arrugarse. Los planos y los mapas compartían el mismo problema: ocupaban mucho espacio, se doblaban con facilidad y, al menor golpe de viento, podían salir volando.
Nada de esto llegó intacto al siglo XXI. En dos décadas el PC, la tableta y el smartphone asumieron muchas de las funciones del papel y la tinta. El MP3, la compresión de vídeo y los programas de intercambio de archivos digitales obligaron a la industria discográfica y del entretenimiento a reinventarse o morir. Los nuevos dueños de Star Wars ampliaron la saga cinematográfica con series diseñadas para las plataformas de streaming. Y Madonna multiplicó su actividad en directo: entre 2001 y 2024 encadenó ocho giras internacionales, frente a las tres giras mundiales que había realizado en el siglo pasado.
En pocos años, Internet transformó de forma rápida y masiva la distribución de bienes y servicios como ninguna innovación tecnológica o industrial lo había hecho antes. Amazon (1994) y eBay (1995) contribuyeron decisivamente a establecer un nuevo paradigma: la desaparición de la distancia física entre el producto y el comprador. La pimienta de Kampot, un poncho de alpaca boliviana, una máscara de lucha libre mexicana o incluso un sintetizador soviético de segunda mano se encuentran a un par de clics de distancia… Ya no era necesario desplazarse hasta el producto; era el producto el que podía viajar hasta nosotros.
Las tiendas de libros, CD y videoclubs no fueron las únicas en ver cómo una parte de su actividad se trasladaba al mundo digital. Aunque muchas estructuras comerciales se han visto transformadas desde la llegada de Internet, la mutación ha sido especialmente importante en aquellas en las que intervienen múltiples intermediarios. Mencionamos al principio las tiendas de libros y CD, pero también los videoclubs, las agencias matrimoniales, de empleo y de viajes, junto con los corredores de bolsa y las casas de apuestas, encontraron nuevas formas de operar en el ciberespacio.
¿Por qué las drogas se quedaron fuera?
Tan solo un gran mercado de la sociedad de consumo parecía haberse visto inalterado por la irrupción de Internet: el de las drogas ilegales. Las reglas del juego que habían funcionado en los dobles fondos de los camiones, los contenedores de mercancías, los baños de las discotecas o las chabolas del extrarradio permanecían inalteradas, inmunes a los efectos de las redes sociales, el big data, el cloud computing… El terremoto que había transformado el comercio, el sistema financiero y las telecomunicaciones parecía haber tenido un efecto minúsculo sobre la industria del narcotráfico. Para adquirir drogas, en esencia, seguía siendo necesario conocer a un distribuidor, encontrarse con él e intercambiar mercancía por dinero.
De entrada, puede resultar extraño que el tráfico de drogas, una de las mayores actividades económicas ilícitas del planeta, se quedara al margen de esta revolución. La explicación está precisamente en su carácter ilegal: la producción, distribución y venta ilegal de drogas psicoactivas no están en manos de Gobiernos, empresas privadas, cooperativas o cualquier otra institución susceptible de ser controlada o regulada. Está en manos de criminales y mafias a quienes hay que reconocer una notable eficiencia en la gestión del negocio. La hoja de coca, por ejemplo, solo puede crecer en unas condiciones climáticas muy concretas. En 2023, la superficie mundial dedicada al cultivo de coca era de unas 377.000 hectáreas, una extensión similar a la de la isla de Mallorca (1). Sin embargo, la cocaína puede encontrarse con facilidad en las discotecas de San Francisco, los suburbios de Nairobi o el puerto de Tokio. Al menos en Europa, el precio de algunas drogas ha permanecido estable o incluso ha descendido en términos reales durante décadas, pese a la inflación.
Es cierto que la industria del narcotráfico juega con ventaja. No tiene que pagar impuestos por su actividad económica, no necesita invertir en los mismos sistemas de control de calidad ni someter sus productos a las evaluaciones sanitarias a las que están sometidos los fármacos o los alimentos. Y sus conexiones con otras actividades criminales igualmente lucrativas pero mucho más dañinas para las víctimas y el resto de la sociedad (terrorismo, explotación sexual, tráfico de armas…) sitúan a la industria del narcotráfico en una posición privilegiada para imponer sus propias reglas. En ausencia de contratos reconocidos, tribunales o mecanismos legales para resolver los conflictos, la fuerza acaba convirtiéndose en el último árbitro del mercado.
Estas particularidades ayudan a entender por qué las drogas ilegales quedaron, al menos inicialmente, al margen de la revolución comercial de Internet. El mercado existía y funcionaba, pero no había tiendas, contratos reconocidos, publicidad, sistemas legales de pago ni mecanismos oficiales para garantizar la calidad de los productos o resolver los conflictos entre compradores y vendedores. Internet había eliminado la distancia entre las personas y los productos, pero no podía hacer desaparecer por sí solo todos esos obstáculos.
El pequeño problema de vender drogas por Internet
Para que un sistema de venta de drogas online fuera viable debía resolver tres problemas:
- Proteger la identidad de compradores y vendedores
- Permitir una comunicación cifrada cuyo contenido no pudiera ser leído por terceros
- Disponer de un sistema de pagos que no dependiera del sistema financiero tradicional.
Lo interesante es que estas tres tecnologías no surgieron juntas ni fueron desarrolladas para el comercio de drogas. Se fueron creando de forma independiente desde mediados de la década de 1990 y terminaron encajando, casi por accidente, como las piezas de un mismo mecanismo.
El primer problema era ocultar desde dónde se conectaba el usuario. El U.S. Naval Research Laboratory (NRL) desarrolló durante la década de 1990 el onion routing, una tecnología destinada a dificultar la identificación del origen de las comunicaciones a través de Internet. Sobre esa tecnología se desarrolló posteriormente Tor, cuya primera versión pública apareció en 2002 y que desde entonces está disponible como proyecto de código abierto (2). Tor permitía ocultar la dirección IP del usuario frente al destino de la comunicación y acceder a servicios cuya localización también permanecía oculta.
El segundo problema era la comunicación. PGP y, posteriormente, GPG permitían cifrar mensajes de forma que su contenido no pudiera ser leído por terceros que no dispusieran de la clave necesaria para descifrarlos. Una tecnología desarrollada para proteger las comunicaciones digitales se convertiría así en una herramienta fundamental para mantener conversaciones privadas entre compradores y vendedores.
Quedaba el dinero. En 2008, una persona o grupo bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto publicó el documento Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System (3). Al año siguiente comenzó a funcionar la red Bitcoin, la primera criptomoneda descentralizada con una red abierta y sin necesidad de una autoridad central que validara las transacciones. No proporcionaba anonimato absoluto, pero permitía realizar pagos sin recurrir a bancos y sin revelar necesariamente la identidad real de las partes. Las piezas estaban empezando a encajar: una tecnología para dificultar saber quién se conectaba, otra para proteger lo que se decía y una tercera para enviar dinero sin pasar por un banco. Ninguna había sido diseñada para vender drogas. Juntas, sin embargo, hacían posible imaginar algo que hasta entonces parecía imposible: un mercado ilegal en el que comprador y vendedor podían hacer negocios sin llegar a conocerse físicamente.
El internauta que se pasó de listo
Así que desde el año 2009 estaban disponibles las tecnologías necesarias para hacer posible un mercado de drogas a través de Internet. Dos años más tarde, el 23 de enero de 2011, se publicó un blog en WordPress cuyo único contenido era este texto:

El único comentario publicado en el blog decía:

No estuvo muy acertado el internauta en su pronóstico. La web Silk Road fue el primer mercado estable y duradero que demostró que comprar drogas fiscalizadas online era posible, eficaz y razonablemente seguro. En sus dos años y medio de existencia (2011-2013), miles de traficantes distribuyeron cientos de kilos de drogas ilegales a más de 100.000 compradores con un volumen de ventas estimado entre 100 y 214 millones de dólares. Desde entonces han evolucionado, se han hecho más sencillos de utilizar y han incorporado nuevas opciones, siempre manteniendo una estructura basada en la de Silk Road.
Una tecnología que ya no puede desaparecer
Los criptomercados son una nueva forma de intercambio comercial para unos bienes de consumo sujetos a reglas de clandestinidad y castigo durante el siglo XX: las drogas fiscalizadas por las Convenciones de Naciones Unidas de 1961, 1971 y 1988. Lo que han demostrado es que una parte de ese comercio podía funcionar de otra manera, utilizando herramientas diseñadas para proteger la identidad, intercambiar información y mover dinero a través de Internet. Y cuando una posibilidad tecnológica se demuestra viable, resulta difícil devolverla al territorio de lo imposible.
Desde la década de los 80 del siglo pasado, la “Guerra contra las Drogas” se ha caracterizado por destinar recursos casi infinitos al “control de la oferta” mediante la persecución y castigo a productores, intermediarios, vendedores y consumidores con unos resultados pésimos y casi siempre contraproducentes. Utilizar las mismas herramientas con los criptomercados producirá los mismos problemas.
Referencias:
United Nations Office on Drugs and Crime. (2025). World drug report 2025. United Nations. World Drug Report 2025
The Tor Project. (s. f.). History. Tor Project: History
Nakamoto, S. (2008, 31 de octubre). Bitcoin: A peer-to-peer electronic cash system. Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System
Soska, K., & Christin, N. (2015). Measuring the longitudinal evolution of the online anonymous marketplace ecosystem. Proceedings of the 24th USENIX Security Symposium (USENIX Security 15), 33–48. Artículo completo en USENIX
United Nations Office on Drugs and Crime. (2008). A century of international drug control. United Nations. Capítulo en World Drug Report 2008