vio1“Cuidado con lo que bebéis por la noche, no os vayan a echar algo en la copa” es uno de los consejos con los que las madres advierten a sus hijos adolescentes antes de las salidas nocturnas desde hace décadas. Las historias sobre personas que han sido víctimas de delitos tras haber bebido de una copa a la que se había añadido alguna droga con oscuros motivos son una constante desde hace décadas y son motivo de preocupación para muchos padres de familia. Con relativa frecuencia aparecen en medios de comunicación noticias sobre este tipo de situaciones, creando importante alarma social.

 

Este tipo de situaciones incluyen dos fenómenos distintos. Por un lado está el de las llamadas “drogas de violación”, en el que la administración involuntaria tiene como objetivo someter a la víctima a abusos sexuales. Por otra parte existe un grupo de sustancias llamadas “de sumisión química” que supuestamente producen que la víctima pierda su voluntad y obedezca ciegamente las órdenes de quien la ha suministrado y a las que dedicaremos un próximo artículo. De momento, nos centraremos en las “drogas de violación”.

 

La primera idea que queremos dejar clara es que una agresión sexual es una de las circunstancias más traumáticas con las que se puede enfrentar cualquier persona y el objetivo de este análisis no es minusvalorar su importancia, ni mucho menos frivolizar sobre este tipo de delitos. Pero esto no es un impedimento para analizar la magnitud de este fenómeno y valorar si se trata de un riesgo frecuente que motiva alarma social de forma razonada o simplemente hablamos de casos aislados por muy graves que puedan resultar cuando estos se presentan. En el caso de que la histeria colectiva no esté justificada, convendrá reflexionar sobre los motivos que producen que las drogas de violación resulten una historia tan atractiva, algunos de sus posibles significados simbólicos y sociales, así como algunas consecuencias no deseables que pueden derivarse de la propagación excesiva de este tipo de historias.

 

vio3La lógica elemental señala que la inmensa mayoría de las personas que compran y utilizan drogas lo hacen para utilizarlas personalmente y no para deslizarlas en copas ajenas. Pero también es cierto que el uso de las drogas con este tipo de fines es, al menos teóricamente posible, como lo demuestra el hecho de que esté presente en distintas manifestaciones de tipo cultural. Por ejemplo, la envidiosa madrastra de Blancanieves, disfrazada de bruja, le ofreció una manzana envenenada con el claro objetivo de fulminarla, aunque sólo consiguió sumirla en un sopor persistente cuyo antídoto específico se encontraba en los labios del Príncipe Azul. En la Odisea de Homero, otra bruja, Circe, convierte en cerdos a todos los hombres de Ulises agregando sustancias mágicas al vino. Y en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, Pepa, interpretada por Carmen Maura, prepara un gazpacho aderezado con Valium para dormir a su marido y evitar que éste la abandone, aunque finalmente sean sus amigos, su familia y una pareja de la Policía Nacional quienes terminan durmiendo en el sofá. Como puede verse en estos ejemplos, las motivaciones y consecuencias de adulterar una comida o una bebida con una droga pueden ser muy variadas.

 

En los tres ejemplos de ficción que hemos señalado, el sexo femenino es quien administra droga en la bebida o en la comida de forma inadvertida, sean brujas, hechiceras o mujeres desesperadas. Pero en el inconsciente colectivo, la situación más temida es aquella en la que el uso de un psicoactivo tiene como objetivo disminuir en nivel de conciencia para someter a la víctima a abusos de tipo sexual. En el mundo real el agresor es percibido como mayoritariamente de sexo masculino y las víctimas son mujeres. De hecho, la advertencia sobre la bebida y las drogas en discotecas va dirigida fundamentalmente hacia las chicas más que a los chicos, ante la amenaza de este tipo de agresiones.



 
 
 
 
 

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