1.- De las plantas a los fármacos:

Aunque para nosotros sea algo cotidiano, el uso de fármacos tal y como lo entendemos en la actualidad es, desde un punto de vista histórico, una novedad muy reciente. Desde el principio de los tiempos hasta mediados del siglo XIX el tratamiento de las enfermedades se basaba en el uso de plantas y remedios naturales, cuya eficacia es incierta y muy variable en la mayoría de los casos. Es cierto que los principios activos de muchas plantas tienen propiedades terapéuticas, pero las plantas presentan varios inconvenientes para ser utilizadas como fármacos. Las variedades distintas de una misma especie pueden presentar concentraciones diferentes de los productos activos.

 

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Dentro de una misma planta pueden encontrarse, junto al compuesto deseado, otros que no tengan eficacia o que produzcan toxicidad. La disponibilidad de una planta puede depender de la climatología, existen dificultades para el transporte y la conservación, se presentan variaciones a lo largo del tiempo...). El desarrollo de la química industrial a principios del siglo XX permitió ir aislando los distintos principios activos que proceden del mundo vegetal, producirlos a gran escala, distribuirlos en la concentración más adecuada para que tengan efectos beneficiosos y conservarlos durante tiempo suficiente. El ejemplo más significativo lo tenemos en el uso de la corteza del sauce blanco, que fue descrito por Hipócrates en el siglo V a.C. como remedio para la fiebre y el dolor. La salicilina es el principio activo presente de forma natural en la corteza del árbol, pero el ácido acetilsalicílico no fue sintetizado hasta 1828 y su comercialización a gran escala (con el nombre de Aspirina® ) se produjo a principios del siglo XX. Y no fue hasta 1971 cuando se comprendió a nivel científico su mecanismo de acción: la inhibición de unas moléculas llamadas prostaglandinas y tromboxanos, responsables de la inflamación. Posteriormente y partiendo del modelo de las moléculas procedentes de los vegetales, la síntesis química puede producir productos derivados de éstos que sean más eficaces, menos tóxicos o más baratos.
Así, el desarrollo paralelo del conocimiento sobre cómo funciona el organismo y cuáles son las causas de las enfermedades por un lado, y el de la química industrial aplicada a la farmacéutica por otro ha dado lugar a la aparición de los medicamentos tal y cómo los entendemos hoy en día. Desde luego la industria farmacéutica no es un negocio inocente y como cualquier otra empresa destinada a producir beneficios económicos tiene sus puntos oscuros. Pero el incremento radical en la esperanza de vida durante el s.XX, la drástica disminución de la mortalidad producida por las enfermedades infecciosas (incluyendo el SIDA) o de la mortalidad infantil se explica (entre otros factores) como la consecuencia de este tipo de avances.

 

 

La mayoría de las personas consideramos que para tratar la fiebre o una inflamación, es más eficaz tomar un antiinflamatorio que chupar la corteza de un sauce. Pero algunas corrientes sociales sostienen que "lo natural" es, por definición, más sano o asimilable por el organismo que "lo artificial o lo sintético". La simpleza de esta argumentación es fácilmente desmontable si pensamos en las solanáceas, la Amanita phalloides o la estricnina, ejemplos más evidentes de la letalidad que puede encontrarse en el aparentemente idílico mundo vegetal. Lo natural es simplemente distinto de lo sintético y uno u otro serán preferibles dependiendo de múltiples factores. La preferencia de lo natural sobre lo sintético es una creencia, no un hecho científico demostrable.

 

 

2.- El cannabis como planta medicinal:

 

3Centrándonos en el cannabis, ya sabemos que su uso como fármaco está documentado desde hace más de 4000 años. El tratado medicinal chino Pên-Tsao Ching (2237 aC) lo describía como remedio contra el paludismo o el dolor, fue ingrediente común de las tríacas medicinales griegas y romanas y, en 1889, el clásico Manual de Medicina Merck recomendaba su uso en el tratamiento de la histeria, el delirio, la epilepsia, el insomnio nervioso, la migraña, la dismenorrea (dolor menstrual) o el dolor crónico. Si el cannabis hubiera sido una planta más, a lo largo del siglo XX hubiera experimentado el mismo proceso que otras plantas medicinales tradicionales: aislamiento y comercialización de sus principios activos, comprensión e investigación sobre sus mecanismos de acción y ajuste de sus indicaciones clínicas según la evidencia científica. Pero, en el caso de la planta del cáñamo, este proceso se vio truncado por la Prohibición. Por motivos más morales que médicos, el cannabis dejó de ser un vegetal como el resto desde los años 30 del siglo pasado para transformarse en "una droga": sustancia muy tóxica, que crea adicción y que no tiene ningún interés terapéutico, por lo que, oficialmente, no merecía ser investigada. Pero la realidad ha resultado ser más tozuda que el afán legislativo prohibicionista. El cannabis ha seguido empleándose con fines terapéuticos y, a pesar de los retrasos y las dificultades, la investigación sobre los cannabinoides se ha ido abriendo paso. Probablemente el factor decisivo ha sido el interés de la industria farmacéutica en un mercado sin explorar pero lleno de aplicaciones potenciales, al menos desde un punto de vista teórico.
 


 
 
 
 
 

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